República Checa para enamorados: una luna de miel en cada viaje

En República Checa usan la misma palabra para decir “cariño” y “oro” (zlato). Así de valioso les parece, como el patrón de todas las riquezas a través del tiempo y el espacio. Así que no extraña que los espacios para arrullarse en el país sean lujosos como grandes palacios, luminosos como los campos de Moravia, líricos como un jardín con esculturas mitológicas o renovadores como el spa en el que tomó cuerpo el joven Werther. El amor flota en el aire en el país y se cuida como un tesoro.

Por: Rafael de Rojas

Publicado: Mayo 09, 2021

El 1 de mayo checo hace coincidir el día de los trabajadores con el de los enamorados y es, como todos saben, una fecha universalmente primaveral en la que los mozos llevan a cabo ese rito de paso a la madurez que es plantar un mayo. En Moravia lo revuelven todo y les sale una fiesta en la que se planta un mayo que se decora con lacitos, los mozos del pueblo de al lado lo intentan robar, algunos plantan un mayo particular bajo la ventana de su amada, y, si ésta tiene otro pretendiente, se lo intenta talar. Como se ve: trabajo, amor, primavera y leña, mucha leña en las tradiciones de cortejo. El resto del país se lo toma con un espíritu más relajado y sólo se dan un beso debajo de un cerezo en flor o, si no, de cualquier árbol en flor o, si no, cualquier beso.

Praga

Castillos donde la princesa eres tú

Quizás tengan la culpa los cuentos de hadas, pero los palacios y los castillos se han convertido en la imaginación de los enamorados en un escenario que contagia de fantasía romántica a cualquier viaje para dos. Historias de amor sólidas como las que propone el palacio praguense de Průhonice, en cuyo jardín conviven más de 1.600 especies arbóreas entre las que destacan todos los rododendros imaginables, lo que le ha valido la distinción de la Unesco como parte del Patrimonio Mundial de la capital.

Por su parte, Lobkowicz, además de la marca de una exquisita cerveza lager artesana con cinco siglos de existencia, es el nombre de un palacio de Praga por el que pasear el amor entre los Canalettos y las partituras escritas a mano por Mozart y Beethoven que formaron parte de la colección privada de la familia Lobkowicz. El arrobamiento se completa con el viaje panorámico en funicular hasta sus jardines, repletos de flores blancas, rojas y rosas, las vistas a los tejados medievales de Malá Strana y el echar un ojo al antiguo observatorio Štefánik, de gimientes engranajes, en lo alto de la colina.


Palacio Hluboká nad Vltavou

Si el bullicio de la capital no resta ni un ápice de intimidad al recorrido por estos palacios, la cosa se pone aún mejor en Bohemia, concretamente en el palacio Hluboká nad Vltavou del sur de la región. Con mobiliario original y un extenso parque, es uno de los edificios más propiamente románticos de Europa por época y carácter. Una restauración neogótica del siglo XIX lo llenó de remates picudos, almenas y filas de ventanas, con ese aire lejano a castillo Disney que se le ponen a las restauraciones de aquella época. Hay 140 estancias, 11 torres, lujosas salas y cámaras privadas con techos artesonados y una enorme colección de objetos encantadores que van desde los más finos candelabros y arañas a cacharros de cocina. El extenso jardín inglés completa el efecto: aquí no se puede decir otra cosa que “sí quiero”.

Palacio de Lednice

Palacio de Lednice

En el mismo estilo se presenta el palacio de Lednice, en Moravia, con una asombrosa portada de grandes ventanales y torres afiladas que apuntan hacia el cielo y elevan cualquier momento de la relación en que se esté. Los rincones por donde perderse aquí incluyen salones de empaque, cuartos principescos, un Museo de Títeres, un jardín francés con invernadero de palmeras y el parque más extenso del país, que se funde con el campo. En sus 200 kilómetros cuadrados las sorpresas se suceden: tiene islas, un acueducto romano, un minarete que ejerce de mirador, una torre mudéjar y un embarcadero desde el que zarpan los cruceros, el colmo de la sobredosis romántica.

Una vez apeados del barco, 150 kilómetros al norte, se encuentra el palacio rococó de Nové Hrady, en la región de Pardubice. Ya el nombre de su estilo lo dice todo: rococó, la cumbre de los excesos y los apasionamientos del siglo XVIII. Aquí, esto se traduce en una portada con decoraciones escultóricas que da paso a un laberinto de estancias grandiosas, pero ligeras, decoradas primorosamente. Eso le ha valido el sobrenombre del Versalles checo y lo ha convertido en uno de los lugares más cotizados para celebrar una boda. Los espacios por los que corretear se multiplican: un granero, un teatro al aire libre en el que se celebra un festival de ópera, una exposición permanente del Museo de Artes Decorativas de Praga con mobiliario histórico (del barroco al cubismo), y hasta un Museo del Ciclismo con velocípedos. Si el interior es de inspiración francesa, el jardín es inglés, e incluye un laberinto donde jugar al escondite y a otros ruborizantes pasatiempos amorosos.

Jardines de Vysehrad

Jardines para corretear

Como se ve, los jardines son uno de los puntos fuertes de la oferta romántica checa: están por todas partes. El visitante sólo tiene que encontrar el suyo, uno en el que encajen las vistas, las fragancias y los recovecos con el tipo de pasión que se tiene o que se quiere. Así que vamos a dar sólo un par de pistas más, dos de las más clásicas de Praga: los jardines de Vyšehrad y Vrtba.

Jardines de Vyšehrad 

Vyšehrad es una colina praguense, quizás la menos turística y la de mayor color local. Además de paisaje, cuenta con un impactante capital simbólico. Es el escenario de las leyendas fundacionales de la ciudad, el de los primeros príncipes y la casi mítica princesa Libuše, donde Vratislav II instaló su castillo en el siglo XI. Aquí sí que la imaginación vuela: el jardín es un bosque, las murallas acompañan el paseo y los encuentros tienen la talla de la coqueta Rotonda de San Martín, una iglesia románica de planta redonda. O la de unas puertas de fortaleza dieciochescas que tienen nombre propio: Leopoldov y Tábor. Las vistas abarcan las villas cubistas de la ladera y el paseo ribereño del barrio de Vratislavova. ¿Más cosas románticas? A lo tétrico, está el cementerio de personajes ilustres y, a lo popular, un merendero con barbacoas muy frecuentado los fines de semana por los praguenses.

Jardines de Vrtba

El romanticómetro se dispara en los jardines de Vrtba con un indicio definitivo: es el lugar que eligen los novios de la capital para posar en las fotos de boda. Escalonado y con unas vistas peculiares del Castillo de Praga y Malá Strana, es una joya barroca de dimensiones reducidas ubicada en este último barrio, junto a la Plaza de la Ciudad Pequeña. Su vegetación está domesticada desde 1720, cuando lo diseñó el paisajista checo František Kaňka. Lo decoran las esculturas mitológicas de Matyáš Bernard Braun (que también se encargó de algunas estatuas del Puente de Carlos) y lo acompañan los frescos de Baco de Václav Vavřinec Reiner en la sala Terrena, desde la que se accede. Un coqueto soplo de clasicismo italiano donde lo difícil es no caer en la tentación de jurar amor eterno.

Telc

Todas las estaciones son del amor en Chequia

Detengámonos ahora en una recomendación un poco genérica, pero de las que se agradecen para siempre: los campos de aire toscano de Moravia. En la región, los paisajes de ondulantes colinas cambian de color y hasta de alma con las estaciones. Perderse en coche por sus carreteras secundarias es uno de los más inolvidables viajes en pareja que se pueden proponer. Por concretar, nos podemos detener en la ciudad sureña de Telč, a la que precisamente se le ha llamado la Florencia checa. A medio camino entre Praga y Viena, en la frontera entre Moravia y Bohemia, sus pétreas murallas y su sistema de estanques artificiales están protegidos por la Unesco como patrimonio de la humanidad y constituyen el corazón de cuento de hadas de la ciudad. En su interior, las casas de piedra de colores pastel y el castillo gótico-renacentista se ponen a la altura del más azucarado de los enamorados.

También en Bohemia encontramos un valle de cuento, el valle Plakánek, en la parte sur de la reserva natural del Paraíso de Bohemia. El paraje es uno de los lugares más verdes y pintorescos del geoparque de Český ráj. Lo aconsejable es perderse entre sus rocas de arenisca y sus alfombras de hierba punteadas de orquídeas, lirios y anémonas. La ruta por el valle es de unos 10 kilómetros y lleva al castillo romántico de Kost (que se traduce como “el hueso”), que viene con la leyenda incorporada de ser el único de los castillos checos nunca vencido, lo que te regala un símil impagable cuando se trata de hablar de amor.

Karlovy Vary

Balnearios para regar la pasión

Hay más de 30 ciudades balneario en República Checa, pero sólo Karlovy Vary puede presumir de haber acogido los suspiros de amor del joven Werther. “Me siento como si estuviera en un paraíso de la inocencia y la espontaneidad ", escribió Goethe, que pasó 16 veranos en esta ciudad, tan musical, que acogió los retiros de Beethoven, Brahms, Bach y Liszt. De hecho, todos los que han decidido los rumbos de Europa en los últimos 400 años (artistas, nobles y ricos) se sumergieron en alguna de las 12 fuentes termales de esta elegante ciudad decimonónica en el corazón de un valle arbolado. Otros como Kafka, Chopin y Eduardo VII de Inglaterra se fueron más al sur para elegir los 40 manantiales minerales de la pequeña Mariánské Lázně.

Pero como los enamorados prefieren los lugares secretos y escondidos, vamos a recomendarles una ciudad balnearia menos conocida, la recogida Luhačovice de Moravia. Los que la visitan se quedan prendados de la diversidad de su arquitectura y del paisaje que invade la ciudad gracias a la vecindad del área natural protegida de Bílé Karpaty. Puede que aquí las aguas de los manantiales atraigan por sus propiedades terapéuticas, pero lo que se recuerda para siempre es la alegría del (buen) vivir.

Cascada Mulava.

…y otros secretos al oído

Cascadas de Mumlava

Algo tienen las cataratas, con su constante despeñarse que acaba embalsándose, que las hace parecerse al amor más combativo. Puede que sorprenda a algunos, pero República Checa posee algunas de las más espectaculares de Europa. Si la de Pančava, con sus 148 metros es la más alta del país y la de Labe, de 35 metros, la más instagrameable, nuestro consejo es conocer la de Mumlava. Situada en el valle homónimo de la sierra Krkonoše, el arroyo Mumlava que la alimenta cruza un accidentado camino entre rocas hasta caer desde 8 metros de altura y recogerse en una olla gigante conocida como los ojos del diablo, en la que la cascada ha formado una piscina natural en la roca.

Mirador Maj

Mirador Máj

Y si empezábamos hablando de máj, mayo, el mes de las flores y el amor, terminamos con un enclave que se llama así: Mirador Máj, con una larga y sobrecogedora vista a los meandros del río Moldava. Está cerca del pueblo de Teletín y, desde sus alturas, se observa cómo el cauce atraviesa un profundo y rocoso cañón y hace un panorámico giro en forma de herradura (o corazón). Las corrientes son fuertes en este río salvaje, y el agua forma dibujos caprichosos en lo que siempre fue uno de los puntos más temidos para la navegación náutica hacia Praga. Toda una prueba de amor o una metáfora, depende.

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